Marcelino Núñez, ante el edificio de la Agencia Estatal de Meteorología de Extremadura
Marcelino Núñez, ante el edificio de la Agencia Estatal de Meteorología de Extremadura / J.V ARNELAS

«Los veranos de Extremadura serán más calurosos y las olas de calor más prolongadas»

  • Marcelino núñez corchero, delegado en extremadura de la agencia estatal de meteorología

  • El clima está cambiando por el calentamiento del planeta, que también afecta a Extremadura. El responsable en la región de la Agencia Estatal de Meteorología lo explica en esta entrevista

Es lo más parecido que tenemos en Extremadura al 'hombre del tiempo'. Marcelino Núñez Corchero (Mérida, 1962), licenciado en Ciencias Físicas por la Uex y meteorólogo del Estado, trabaja en la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) desde hace 32 años, la mayor parte de ellos en la Unidad de Estudios y Desarrollo. Desde 2012 es la cabeza visible de la Agencia en la región. Estudioso del clima extremeño, al que le ha dedicado un libro, y preocupado por el cambio climático, analiza en esta entrevista los últimos fenómenos meteorológicos que ha sufrido Extremadura, particularmente las tormentas que han arrasado 11.000 hectáreas de cultivo, cosechas de fruta y decenas de miles de jornales. A pesar de su aparatosidad y sus efectos, Núñez no ve las tormentas primaverales como una amenaza estructural del clima en la región. En cambio, sí le preocupan los veranos, que serán cada vez más calurosos, porque el aumento de la temperatura es un efecto del cambio climático.

-En los últimos días las tormentas han causado estragos en Extremadura. ¿Son fenómenos normales o extraordinarios?

-Las tormentas que hemos sufrido no son extraordinarias. Están en frecuencia por encima de la media, pero no han marcado ni siquiera el récord. Mayo es, además, el mes más tormentoso. Si hay tormentas, lo más frecuente es que se produzcan en mayo, por tanto, extraordinario no es aunque hayan causado importantes daños. Las tormentas son, en cualquier caso, un fenómeno difícil porque son muy locales y muy intensas. Eso quiere decir que, por ejemplo, para Arroyo de San Serván, donde hemos visto las alcantarillas desbordadas y las calles como un río, lo ocurrido se sale fuera de la norma, pero desde el punto de vista del clima no son un fenómeno alarmante.

«Las tormentas que hemos sufrido no son un fenómeno extraordinario. El invierno, en cambio, muy seco primero y muy lluvioso después es un ejemplo de libro del cambio climático»

«Me preocupan las olas de calor del inicio del verano, que producen muertes en nuestra región. El año pasado fallecieron dos personas en mayo y junio»

«La subida del nivel de los océanos es imparable. Obedece al calentamiento que ya hemos hecho»

«Soy optimista sobre el futuro porque el temor a las catástrofes es un gran concienciador para que los políticos tomen decisiones contra el calentamiento»

-¿También ha sido normal que hayamos tenido una primera parte del invierno muy seco y después tan lluvioso?

-No. Eso ya no es normal. Este invierno hemos tenido un ejemplo de libro de cómo el cambio del clima está afectando a la Península, no solo a Extremadura. Hemos tenido un anticiclón que ha bloqueado durante semanas las precipitaciones y, de pronto, se rompió el vórtice polar, que es un remolino que se queda atrapado en el Ártico. A veces ese vórtice se rompe y cae en cascada hacia las zonas más cálidas del planeta. Cuando lo hace se producen precipitaciones intensas que dan lugar a inundaciones. Afortunadamente hemos tenido precipitaciones muy intensas durante febrero y marzo que nos ha llenado los pantanos, pero no inundaciones. De estos dos fenómenos, el de la intensa sequía sí ha sido extraordinario. Y la secuencia, meses muy secos y de pronto intensas precipitaciones, sí son propios del cambio climático, porque una de sus características es que, hablando en general, donde el clima tiende a ser seco será más seco, y donde tiende a ser lluvioso será más lluvioso.

-¿El clima en Extremadura será más seco, entonces?

-En la Península, en general. España está en una encrucijada porque la cuenca del Mediterráneo va a ser especialmente sensible. Por eso decía que esas modificaciones que va a haber en la distribución de la lluvia se escenifican muy bien en lo que nos ha pasado este invierno. En los próximos 40 o 50 años, la lluvia, en su conjunto, será la misma que ahora pero no estará distribuida del mismo modo. Habrá más episodios de sequías y de lluvias intensas, con las consecuencias que eso tiene.

-Los últimos veranos también han sido muy calurosos. La delegación de la AEMET que usted dirige ha informado de que han sido de los más calurosos de la serie histórica. ¿Nos esperan, por tanto, veranos cada vez más calurosos?

-Sí, desgraciadamente sí. Nosotros establecemos el clima por ciclos de 30 años. El ciclo 1961-1990 es, para los meteorólogos, la referencia del cambio climático. Pues bien, los datos de ese ciclo sobre temperaturas extremas se han superado claramente en uno o dos grados, y hablo del periodo de referencia en su conjunto, que es lo importante. Me temo que seguiremos alcanzando récords de medio o un grado más. Ahora la marca a batir son los 44,5 grados en lugar de 42, pero es que ahora no es infrecuente que lleguemos a 43 o 43,5. Las olas de calor que nosotros conocíamos de pequeño duraban, como máximo, una semana y ahora duran 8 o 10 días. No podemos alarmar a la gente diciendo que vamos a tener olas de calor de un mes, porque eso no va a ocurrir, pero la tendencia es que tengamos veranos más calurosos y con olas de calor más largas que las que tenemos ahora.

-¿Extremadura, por sus características geográficas u orográficas puede sufrir algún fenómeno climático especialmente adverso para las personas?

-La primavera suele ser problemática por las tormentas, pero salvo tragedias puntuales como la que sufrió el año pasado la familia de Don Benito que murió en un barranco del Jerte por una tromba, el clima en nuestra región no es el causante directo de desgracias como esta. En cambio, las olas de calor del inicio del verano sí producen muertes con más frecuencia. El año pasado murieron dos personas por golpes de calor, un guardia civil en la Academia de Tráfico de Mérida y un albañil de Higuera de Vargas en Olivenza. Además, son olas de calor que producen tragedias como estas no en agosto, sino en mayo o junio, cuando el cuerpo todavía no se ha adaptado a las temperaturas altas del verano. Ahí hay que hacer una labor pedagógica por los poderes públicos porque nosotros, los extremeños, creemos que estamos acostumbrados a un cierto calor, pero no lo estamos a esos fenómenos calurosos puntuales que son cada vez más frecuentes.

-Afirma usted que los fenómenos climáticos extremos van a ser cada vez más frecuentes. ¿Sería aconsejable que los agricultores y ganaderos, gente cuyo medio de vida está relacionado con el clima los tuviera más en cuenta en su actividad?

-Medidas drásticas, no las creo necesarias, pero sí sería bueno que los agricultores y ganaderos tuvieran en cuenta que el tiempo está cambiando. Tenemos que ser previsores. Si, por ejemplo, tenemos una determinada reserva de agua, pensar en aumentarla porque hay más posibilidades que hace unos años de que la necesitemos. Pero no solo quienes viven del campo. El desafío que presenta el cambio climático en las ciudades es muy grande. Vamos a necesitar más espacios verdes, más sombreados, menos asfalto. O en nuestras casas. Es una necesidad que tomemos conciencia de que nuestras casas no pueden estar permanentemente a 20 grados, tanto en invierno como en verano, cuando en la calle va a hacer cada vez más calor. No es una cuestión de economía solo, del coste que supone esa temperatura en términos energéticos, sino por nuestra propia salud. El choque entre la casa, a 20/21 grados en julio, y la calle, a 42 grados, puede ser brutal. Tenemos que acostumbrarnos a sudar. En verano debíamos estar en casa a 24/25 grados.

-Antes decía que los veranos en la región serán cada vez más calurosos. ¿Significa que el desierto avanza y que Extremadura va a sufrir este fenómeno?

-No. Desde el punto de vista planetario, no vamos a tener más zonas de desierto. Incluso hay modelos del cambio climático que concluyen lo contrario, que al haber más CO2 (dióxido de carbono), que es lo que respiran las plantas, va a haber más lluvias y, por tanto, más zonas de vegetación. En el caso concreto de Extremadura, yo creo que tampoco se va a ver afectada por el desierto. Es verdad que está influida por el Mediterráneo, que incluye zonas como Almería donde hay desertificación, pero nuestra orientación es sobre todo atlántica, con lluvias suaves. Eso no quiere decir que no debamos estar muy atentos con respecto al agua, que es un recurso cada vez más delicado. Tenemos que gastar menos agua. La AEMET recomienda un consumo de 100 litros al día y nosotros consumimos 130. Hay mucho margen para el ahorro y hacerlo va a ser una necesidad. Es también cuestión de conciencia.

-Al hilo de lo que dice, nadie duda ya de que el planeta está sufriendo los efectos del cambio climático y que eso tiene consecuencias para el modo de vivir de las sociedades desarrolladas. ¿Cree que los ciudadanos estamos dispuestos a asumir los sacrificios que este fenómeno impone?

-Yo soy optimista en este aspecto. Creo que es cuestión de pedagogía. Y es que con poco esfuerzo podemos hacer mucho por la salud del planeta. Creo, además, que los políticos están tomando conciencia de lo que esto significa. Cada vez se firman acuerdos más exigentes. Es verdad que Donald Trump se ha descolgado del acuerdo de París, pero también lo es que a él se ha sumado China, que nunca se había comprometido a adoptar decisiones para limitar el efecto invernadero. Quizás no hace falta una transformación en nuestra manera de vivir y sea suficiente con la fuerza del ahorro. Por ejemplo, no creo que Extremadura tenga que renunciar a sus regadíos, pero sí tendrá que cambiar de tipo de riego para que sea mucho más eficiente. A esos cambios me refiero.

-Me ha llamado la atención su optimismo y su confianza en los políticos. La idea más extendida era que la política había fracasado respecto al cambio climático.

-Yo creo que no ha sido así. Hay un compromiso cada vez mayor para que el calentamiento global no crezca. Es verdad que el desafío es muy complejo porque la Humanidad ha sido muy bestia contaminando. Ahí tenemos los mares, a los que hemos arrojado basura sin tasa.

-¿Pero vamos a llegar a tiempo? Por ejemplo, se dice que hay países que van a desaparecer: las Maldivas, las Islas Salomón, que están a dos metros sobre el nivel del mar. O ciudades como Amsterdam, Miami o Nueva Orleans se van a ver afectadas de un modo u otro por la crecida de los océanos...

-Esos efectos, desgraciadamente, no estamos ya en condiciones de evitarlos. El mar va a subir en los próximos cien años porque el calentamiento ya se ha hecho. Los cascotes polares se derriten y el agua, si sube un grado, tiene más dilatación. No sabemos exactamente cuánto va a subir el nivel del mar, si medio metro, un metro o dos, pero lo que sí sabemos es que va a subir porque ya hemos calentado y de hecho algunos países que temen por su supervivencia física están comprando tierras altas a las que trasladar sus habitantes. El drama es que no sabemos enfriar y a lo máximo que alcanzamos es a calentar menos.

-El calentamiento, por tanto, es imparable.

-Los expertos del cambio climático han trabajado con cuatro escenarios, desde uno que el planeta se enfriaba porque se producía un cambio radical en nuestro modo de producir y consumir (en nuestro modo de vivir en definitiva) a otro escenario en que la temperatura media subía cuatro grados porque no se había hecho nada y con consecuencias de cataclismo. Entre ambos escenarios estamos en el que hemos hecho algo y, por tanto, la temperatura aumenta pero más lentamente que cuando no hacíamos nada. Como decía antes soy optimista porque si la Tierra se ha calentado por intereses económicos, ahora los intereses económicos van en la dirección contraria. No es por la conciencia humana, degraciadamente. El caso del agujero de ozono es clarificador sobre cómo nos hemos comportado en relación al calentamiento: se diagnosticó en los años 80. Se dijo que no se podían usar más FCC porque no se recuperaría hasta el 2070. A la vista de las consecuencias que estaba teniendo ya en la naturaleza, el temor hizo que se adelantaran los protocolos 20 años. Y que vamos a lograr la recuperación de la capa de ozono.

-Es decir, el miedo nos salvará.

-Puede ser visto así. Hay un grupo de meteorólogos que trabajan en un campo muy interesante que se denomina 'Atribución al cambio climático'. Surgió cuando en 2014 hubo unas inundaciones en Reino Unido. Esos meteorólogos estudiaron qué hubiera pasado si la atmósfera hubiera permanecido con el mismo CO2 que en 1950. Aplicaron un modelo que abarcaba 50 años y se preguntaron si esas inundaciones se hubieran producido en esas condiciones. La conclusión fue que no se hubieran producido, mientras que con el CO2 de ahora había un 70% de posibilidades de que se produjeran. Así surgió la ciencia de atribución de riesgos extremos al cambio climático.

Eso ha producido un efecto concienciador, cuyo motor es el temor, sobre los efectos del cambio climático. El Katrina es otro ejemplo de fenómeno que no se hubiera producido sin el cambio climático. Los efectos devastadores de estos fenómenos están enseñando a los dirigentes políticos a que hay que tomárselo en serio. Por la cuenta que nos tiene.

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