Una madre y su jija se dirigen a la cafetería de la estación de servicio Leo, en Monesterio
Una madre y su jija se dirigen a la cafetería de la estación de servicio Leo, en Monesterio / BRÍGIDO

Monesterio, penúltima parada antes del estrecho

  • En verano, la A-66 acoge miles de vehículos por la que viajan familias desde el norte de Europa hasta Marruecos para pasar sus vacaciones El complejo Leo es uno de los puntos que eligen los viajeros marroquíes para comer y descansar

Karim, su esposa Mariam y sus tres niñas pequeñas regresan a Francia, de donde proceden y donde viven. Han pasado sus vacaciones en Marruecos, donde han dejado a parte de su familia. El pasado miércoles descansaban del viaje y comían en el complejo Leo, una gran área de servicio situada a pocos kilómetros de la localidad pacense de Monesterio. Unos calamares y unas patatas fritas sabían muy bien a media mañana después de una larga travesía. La familia de Karim es una de las miles que viajan desde el norte de Europa y atraviesan España para coger un barco en Algeciras. Desde allí se dirigen a diversas regiones del norte africano. Ellos forman parte de lo que se denomina la operación 'paso del Estrecho', de la que Extremadura, de alguna manera, y siempre con la presencia vertebradora de la Autovía de la Vía de la Plata o A-66, tiene su parte de protagonismo.

La familia de Karim es de las pocas que a estas alturas del verano ya regresan al norte de Europa. Aunque la gran operación salida hacia el Estrecho tuvo lugar los primeros días de julio, aún se ven por la A-66 atravesando la región en dirección Algeciras gran cantidad de vehículos con matrícula de Francia, Alemania o Países Bajos.

Cualquier sombra es buena para descansar, comer algo y resguardarse de los rigores del verano extremeño. Pero la mayoría de los viajeros eligen áreas de servicio donde pueden, incluso, pernoctar en una habitación de hotel. O al menos comprar agua, fruta y pastelitos árabes.

En esta estación de servicio pueden incluso comprar los billetes de barco para cruzar el Estrecho.

Las familias viajeras disfrutan de vacaciones en su país de origen o donde residen sus familias alrededor de 25 días. Como mucho un mes. Esa es la media. La mayoría de los que cruzan el Estrecho en verano son familias compuestas por varios miembros, entre ellos niños pequeños. Casi siempre van tres, que son los que caben cómodamente en los asientos traseros de los vehículos.

Uno o dos días es lo que suelen prolongarse las travesías de las familias a lo largo de la Península hasta llegar, al menos, hasta Algeciras. Después de cruzar el Estrecho cada una se dirige a sus ciudades y regiones, por lo que el viaje se alarga algunas horas más, en algunos casos, días.

Dos días llevaba de travesía la familia de Samed, que iba acompañado por su mujer y sus tres hijos de corta edad. En otro vehículo viajaba otra pareja, familiar también, que no quiso contar a HOY la experiencia de su viaje.

Ropa y comida para el camino, alguna fruta compradas en la tienda del área del servicio, es básicamente su equipaje. Samed no es de los que llevan el coche hundido por bolsos apilados en la baca. Se arregla con lo imprescindible. Peras, nueces, patatas fritas y alguna ropa de abrigo es lo que llevaban en la bandeja trasera del coche. También cereales y algunos tetrabriks de leche que degustaron en el desayuno a media mañana.

Unos parasoles de Elsa y Anna, de la película de Disney 'Frozen', colocados en las lunas laterales de un Opel Meriva azul aliviaban un poco el calor que hacía en el interior del vehículo el pasado miércoles a media mañana. Fuera hacía unos 35 grados. Ese y el coche de la otra pareja, un Mercedes de matrícula de Holanda, estaban aparcados en la zona de estacionamiento del área de servicio. Allí no hay sombra y el calor azota bien en las horas centrales del día.

Samed confiesa que «España es maravillosa» y dice que la parte que más le gusta de nuestro país es Andalucía. También ha estado alguna vez en Alicante y le encantó.

Durante todo el año vive en Francia, pero viaja periódicamente a Marruecos, a Tánger, a visitar a una parte de la familia. La otra parte vive en otros países, incluso en España.

Bal también es marroquí y el pasado miércoles viajaba junto a su suegra, su hijo adolescente y sus dos niños pequeños desde el norte de Francia, donde trabaja de conductor, hasta Marruecos. Bal es conductor, pero no de camiones. Ni transporta mercancía. Es chófer en un trabajo público. En el país galo lleva residiendo más de 20 años.

Después de hacer cálculos, Bal y su familia harían alrededor de 1.060 kilómetros para atravesar la Península. A eso hay que sumar el trayecto que todavía le quedaba para llegar a su casa, situada en el Este de Marruecos. Así que, después de cruzar el Estrecho, la travesía completa ascendía sumaba unos 2.200 kilómetros. Bal prefiere comprar el ticket para el barco cuando llegue a Algeciras. No lo compra en la garita del área de servicio.

Monesterio, penúltima parada antes del estrecho

En la baca del coche Bal portaba una canoa de grandes dimensiones. La usará y disfrutará en el río que hay en su región de Marruecos durante los días que pase allí. Además, su vehículo llevaba un pequeño remolque para el equipaje. Tan tapado y bien embalado estaba que no se distinguía qué podía llevar. Pero Bal nos confesaba que la mayor parte era ropa, además de algunos regalos para la familia. Ropa, zapatos y algún que otro perfume. De comida, solo lo imprescindible para el camino.

Como el resto de sus compatriotas, Bal confiesa estar enamorado de España. Recuerda lugares que le han encandilado como Isla Cristina, en Huelva, o Bilbao, en el País Vasco.

Abel Llano no es marroquí. Es un joven emeritense que vende refrescos, agua y granizadas en el complejo Leo desde hace un par de años. Tiene un piso alquilado en Monesterio donde se suele quedar. Pero los días que le apetece ir a su casa conduce hasta Mérida. Abel tiene a un lado a otro joven que vende fruta deshidratada, pastas árabes, pastelitos libaneses y delicias turcas. Y al otro, a una chica con un puesto de fruta. Dice Abel que a los marroquíes les suelen gustar mucho las granizadas, los refrescos o las gominolas. Pero que por lo que de verdad se pirran es por los helados. «Les encantan», confirma Abel. Añade que los marroquíes suelen ser personas «muy educadas, simpáticas y con buena conversación».

Señala además que ha notado que este año viajan menos marroquíes al norte de África. «Uno de cada tres años es el fuerte. Es decir, si el año pasado fue más fuerte la operación salida hasta el Estrecho, los dos siguientes son más flojos. Y este es uno de ellos».

También dice que las familias se suelen llevar frutas, sobre todo melones y sandías. Así tienen para toda la familia, que suele ser numerosa.

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