El joven monesteriense, en la terraza del hostal El Arco, en el que este verano trabaja cuatro horas diarias.
El joven monesteriense, en la terraza del hostal El Arco, en el que este verano trabaja cuatro horas diarias. / ARMERO

De Monesterio a Bali vía Conil

  • EXTREMEÑOS EN LA PLAYA

  • «Este es mi segundo pueblo», cuenta Juan Antonio Calderón, que vuelve a Monesterio todos los meses |«Aquí salgo a la calle y me cruzo con cincuenta personas conocidas», cuenta el joven, recepcionista en un céntrico hostal

Juan Antonio Calderón Pecellín (24 años) quedaría finalista en un concurso para elegir al recepcionista más amable de la costa de Cádiz, su retiro veraniego de siempre. En concreto, desde que sus padres, profesores, se fueron a la localidad gaditana y siguieron los pasos de su tío Manuel Pecellín Lancharro, que ejerció la docencia en el instituto Zurbarán de Badajoz, que es miembro de la Real Academia de las Artes y las Letras y que lleva décadas firmando críticas literarias en este diario.

Dice el joven que la mañana está tranquila, pero no pasan cinco minutos sin que suene el teléfono en el hostal 'El Arco' (calle Capitán Pérez Moreno, en el centro de Conil de la Frontera), a dos pasos de las terrazas y el bullicio. Y a cuatro de la playa de Los Bateles, que tiene un espacio en negrita en los recuerdos veraniegos de una legión de pacenses y cacereños.

22.000 habitantes censados

Conil (22.297 habitantes empadronados y un montón más en estas fechas) figura en la portada del libro de los julios y los agostos de miles de extremeños. Algunos de ellos son veteranos en esta plaza, a la que han visto mudar no tanto en su fisonomía como en el paisaje humano que la llena por estas fechas.

En ese grupo está Juan Antonio, que sabe latín sobre esto. Porque lleva años visitando el lugar, viviendo en él, y porque sus ojos atentos miran desde la recepción de un hostal con mejor pinta que algunos hoteles. «Es cierto -reflexiona- que en cierto modo ha cambiado el perfil del veraneante en Conil y ahora la fiesta tiene más peso que antes, cuando este era un destino quizás menos conocido, pero el pueblo conserva su esencia, con sus calles blancas y los bloques de casas que no tienen más de tres alturas».

Se mantiene el blanco en las fachadas, la luz en las calles, las plazuelas animadas, la playa amplia... A la foto se han sumado los grupos de veinteañeros cargando con bolsas de supermercados. Pero de la imagen no han salidos las familias, que siguen poblando un sitio icónico del verano andaluz.

A Juan Antonio, Conil de la Frontera le encanta. Pero no hay un mes en el que no vuelva a Monesterio, su pueblo, donde viven sus padres. «Para mí, Conil no es un sitio de veraneo -apunta-. Es más que eso, es mi segundo pueblo. Cuando estoy aquí es casi como cuando estoy en Monesterio, en el sentido de que estoy con la familia y los amigos, salgo a la calle y me cruzo con cincuenta personas a las que conozco».

De hecho, el hostal es de unos amigos de sus padres, «una gente estupenda a la que yo considero mi familia», apunta Juan Antonio Calderón, que trabaja cuatro horas diarias. Entra a las seis de la tarde y sale a las diez de la noche. Del 1 de julio al 25 de agosto. «Me gano un dinero y me sirve para practicar el idioma», explica el joven, que viajero como es, ya tiene claro qué le gustaría hacer con el sueldo de este verano. «Quiero -cuenta- irme a partir de enero a Bali con un amigo».

ntes tendrá que presentar el TFG (Trabajo Fin de Grado) en Sevilla, donde estudia Derecho y Finanzas. A lo largo del curso, Juan Antonio se las apaña para encontrar fines de semana o puentes festivos en los que escaparse a la casa familiar de Conil con amigos. Y en estas fechas no es extraño que vayan desfilando por la casa algunos de sus amigos de Monesterio.

Él ejerce de guía, porque conoce bien Conil, que a las siete de la tarde de un día laborable de verano está lleno de gente. El café con hielo de la tarde compite con la primera cerveza del cañeo previo a la cena o el helado de media tarde. Terrazas llenas, plazas rebosantes. En la pasarela hacia la playa de Los Bateles se cruzan los que llegan a darse el baño tardío con los que van de retirada, pies arenosos y la bolsa multifunción menos ordenada que a la ida.

«Las playas, de las mejores»

«Si yo tuviera que destacar algo de Conil -propone el joven extremeño- sería la gente, que es encantadora, y las playas, que son de las mejores del mundo». Anchas, de arena fina y con el agua a una temperatura más elevada que a otras alturas del litoral andaluz.

Son algunas de las señas de identidad de la costa gaditana, que tiene a Conil como uno de sus referentes. Es así desde hace décadas, aunque el hábitat humano de la localidad haya ido cambiando con el paso de los años.

El botellón está prohibido, pero aquí, y casi en cualquier sitio de España, lo que pone en los papeles no siempre se corresponde con lo que sucede. La Policía trata de evitarlo, pero a veces no lo consigue. Y Google se ha llenado de referencias sobre despedidas de soltero o de soltera en este punto de la costa de Cádiz. Pero igual de cierto es que el lugar mantiene el tirón. Porque la carta de los restaurantes sigue llena de platos apetecibles. Porque la playa no ha mermado un centímetro ni la arena ha engordado. Y porque abundan las personas amables. Algunas nacidas en Extremadura.

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