El genial dibujo al carboncillo que Eduardo Naranjo dedicó a su paisano y amigo Manuel Pecellín
El genial dibujo al carboncillo que Eduardo Naranjo dedicó a su paisano y amigo Manuel Pecellín / S.E.

Manuel Pecellín Lancharro: Retratado por Eduardo Naranjo (verano de 1963)

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Eduardo Naranjo y yo nacimos en Monesterio, el verano de 1944. Situada en un punto alto de la Via lapidata, limítrofe con Andalucía y Extremadura, a la sombra de la gran mole de Tentudía, la población no sufre los rigores estivales de dichos territorios. Por eso fue siempre lugar para los veraneantes, antes de que la atracción del mar se impusiera sobre la montaña.

Hasta aquí se vino, buscando clima y paisajes benévolos, Eduardo Acosta, notable pintor que, natural de Villagarcía de la Torre (patria del célebre cardenal Silíceo), tuvo siempre como la suya chica a Monesterio, donde también hay raíces familiares de Zurbarán,Velázquez y Nicolás Mejías. Acosta supo descubrir en aquel niño ensimismado -siempre reconocerá Naranjo su magisterio- al extraordinario pintor en que habría de convertirse su alumno.

Hijos los dos de pequeños labradores, ambos fuimos a la escuela de 'El Llano', donde sobresalía la figura de D. Juan Calero, docente con dotes excepcionales y singular pedagogía. Durante las largas vacaciones veraniegas, ambos ayudábamos a nuestros padres en las labores agrícolas. Uno y otro sabemos manejar la azada; aparejar las bestias; conducir el trillo sobre las parvas hirsutas o llenar las barcinas y volcarlas en los pajares. Entre otras numerosas complicidades (baños en la 'Huerta Murcia'; interminables paseos con Daniel y Alfonso; lecturas en la rica biblioteca municipal organizada por D. Federico Santos Mozo), nos unía la amistosa admiración por D. Antonio Alarcón Peñafiel, un cultísimo médico 'rojo', decían que llegado hasta nosotros desde su Zamora natal a causa de la censura).

Un septiembre anterior, junto a otros familiares, habíamos ido en mula hasta Alhájar, excursión de cuatro días a través de las sierras, hasta recabar en la Peña de Arias Montano. Bajo la experta guía de su padre, antiguo arriero, pudimos transitar en mulas alcornocales y dehesas, durmiendo al socaire, para que los mayores cumpliesen con lo prometido a la Virgen. (Mucho después, ya cincuentones, repetiríamos la experiencia, no por más sesuda menos jugosa).

Y de repente, el último verano

A partir de entonces, aprovecharíamos el ocio académico para conocer lugares distintos: Madrid, Barcelona, París, Düsseldorf, etc. Ese de 1963 (inolvidable por el asesinato de John F. Kennedy meses después) yo me preparaba para irme a la Universidad Pontificia de Salamanca, con una beca que recibí del PIO (Ministerio de Educación). Naranjo era ya una reconocida figura de los pinceles. Tras cursar en la sevillana escuela de Santa Isabel de Hungría, estaba matriculado desde 1961 en la de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) y había obtenido números e importantes premios. Si bien en ese tiempo juvenil tanteaba, a la búsqueda de un estilo personal, por los mares del expresionismo y la subjetiva abstracción geométrica, con toques surrealistas (que nunca abandonará del todo en su posterior «realismo mágico»), dominaba como pocos la figuración.

Fue para mí un gran orgullo que se propusiera hacerme un retrato, sin duda el género pictórico en que habría de conseguir sus éxitos mayores. Contra su costumbre, tardó pocos días. Subíamos al 'doblao' que los padres tenían en casa aledaña a la de la única hermana del mío, mi tía María, una mujer admirable, extraordinariamente trabajadora: sacó adelante a todos los hermanos, huérfanos desde muy tierna infancia. Eduardo sólo iba a utilizar papel y un simple carboncillo, tal vez sacado de la chimenea doméstica y que él aguzaba sin demoras.

Yo me exasperaba a menudo, viéndolo borrar y repetir infatigablemente algún apunte mínimo que no le convencía. Mantendrá este perfeccionismo hasta hoy. Cuando se sintió satisfecho, me lo regaló. Preside una de las paredes de mi biblioteca. Sigue sin catalogar y nunca se ha expuesto, aunque la añorada Indugrafic lo reprodujo en el libro que contiene mi discurso para ingresar en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, parlamento al que el artista respondió con un excelente ensayo sobre su propia estética ('Ensayistas extremeños contemporáneos'. Trujillo, R.A. de Extremadura, 2005).

Aquel verano de 1963, en Monesterio, nos abriría las puertas de la juventud y consolidó una amistad fraterna que dura hasta ahora. Hoy compartimos asiento en la Academia de Extremadura; ostentamos medallas comunes (la de Extremadura; la de El Miajón de los Castúos); callejeros en distintas poblaciones; portadas de libros y artículos en obras varias. Todo lo daríamos por mantener la ingenua lozanía, el vigor, las impolutas ilusiones de aquel verano de 1963.

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